
The Beauty Kitchen nació de una visión ambiciosa: crear un colectivo de belleza, varias marcas y servicios bajo un mismo techo, dentro de una plaza de nueva construcción. No era un salón más, era un ecosistema de belleza, y el espacio tenía que hacerlo posible.
El reto principal fue de programa. Había que integrar un abanico amplísimo de servicios (cabinas privadas, áreas de manicure y pedicure, maquillaje, peinado, depilación, baños y espacios de servicio) en la menor cantidad de metros cuadrados posible, sin que ninguno se sintiera apretado ni de segunda.
A eso se sumó un reto de forma: la geometría triangular del local, que complica cualquier distribución y desperdicia esquinas si no se resuelve con cuidado. El triángulo, en vez de ser un problema, tenía que volverse parte de la solución.


La respuesta fue planeación estratégica antes que estética. Estudiamos cada servicio, sus flujos y sus necesidades, y acomodamos el programa completo aprovechando hasta las esquinas más difíciles de la planta triangular. Cada metro quedó trabajando.
Sobre esa base resolvimos una identidad visual serena y atemporal: colorimetría monocromática, microcemento, herrería negra, lambrines y lámparas redondas que suavizan el conjunto. La paleta neutra hace que el espacio se sienta amplio y limpio, y deja que las clientas y los servicios sean los protagonistas.
El resultado es un espacio altamente funcional y eficiente que, al mismo tiempo, se ve cuidado y atractivo para sus usuarias. La forma y la función trabajan juntas, no una a costa de la otra.
Cuidamos también la experiencia de la clienta: recorridos claros entre servicios, privacidad donde se necesita y zonas comunes que se sienten amplias pese a la densidad del programa. En un colectivo de belleza, que el espacio fluya es parte del servicio.
The Beauty Kitchen quedó como un colectivo de belleza coherente, donde cada marca y cada servicio tiene su lugar sin romper la unidad del conjunto. Lo apretado del programa y lo complicado de la planta dejaron de notarse: lo que se percibe es un espacio amplio, limpio y bien resuelto.
Para un proyecto donde conviven varias marcas, esa unidad es justo lo que lo hace funcionar. El diseño se vuelve el hilo que conecta todo y le da una sola cara al colectivo.
Los proyectos comerciales con programas exigentes y plantas difíciles son donde más se nota el criterio de un despacho integrado: resolver lo técnico sin sacrificar lo estético, y al revés. Aquí esa doble mirada fue la que hizo que cupiera todo y se viera bien.

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