
Los clientes, conocidos del despacho, nos buscaron para renovar por completo el interior de su departamento en el Desierto de los Leones. El departamento funcionaba y tenía buenos huesos, pero se sentía cerrado y anclado en otra época: pedía ponerse al día y, sobre todo, vivirse mejor en el día a día. No buscaban otro departamento, sino el suyo, resuelto como debió estar desde el principio.
El reto era doble. Por un lado, una distribución compartimentada cortaba la luz y la relación entre las áreas comunes, de modo que el departamento se sentía más chico y más oscuro de lo que en realidad era. Por otro, había que modernizarlo sin borrar su carácter: actualizar el departamento, no convertirlo en uno distinto.
A eso se sumaba el reto propio de toda renovación: trabajar sobre lo que ya existe. No partíamos de un terreno limpio, sino de una estructura con su lógica y sus límites, y el proyecto tenía que sacarle el mayor provecho posible sin pelearse con ella.


Intervinimos sobre la estructura existente eliminando muros y abriendo las áreas clave. Con eso ganamos una distribución más fluida, amplia y conectada, donde la luz por fin recorre el departamento de lado a lado y los espacios comunes se relacionan entre sí en vez de quedar aislados. El departamento se siente más grande sin haber crecido un solo metro.
Sobre esa base ordenada montamos una propuesta de diseño contemporánea y sobria, pensada para sumar amplitud y coherencia visual a cada espacio sin caer en modas que envejecen mal. La intención era clara: que el departamento se viera actual hoy y siguiera viéndose bien dentro de muchos años.
El carácter lo pusieron los materiales. Conservamos y resaltamos los lambrines de cuadrículas originales en madera maciza, un detalle propio del departamento que valía la pena rescatar, y los acompañamos con iluminación indirecta que suaviza los ambientes y los vuelve más cálidos al caer la tarde. Lo nuevo y lo que ya estaba conviven sin costura.
El cambio más notorio es la luz. Al liberar las áreas comunes, la luz natural entra más profundo y los espacios se leen como uno solo, amplios y conectados. Por la noche, la iluminación indirecta toma el relevo y mantiene la calidez, de modo que el departamento se siente bien a cualquier hora del día.
El departamento se transformó por dentro sin perder lo que lo hacía suyo. Hoy es más luminoso, más amplio y más coherente, y la experiencia de habitarlo cambió por completo: los mismos metros, mucho mejor aprovechados. El mismo departamento, mejor resuelto.
Para los clientes, el proyecto demostró que renovar bien no es empezar de cero, sino entender qué conservar y qué cambiar. Esa es la clase de obra que buscamos: la que respeta el origen y, aun así, mejora la vida que sucede adentro.
Las renovaciones integrales como esta son parte central de lo que hacemos. Entrar a un departamento que ya se vive, entender qué funciona y qué estorba, y devolverlo mejor sin obligar a sus dueños a mudarse pide tanto criterio de arquitectura como de interiorismo. Aquí ambos trabajaron juntos desde el primer trazo, bajo una sola firma y un mismo criterio.

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