
CLAYZIE llegó al despacho por recomendación y con una idea poco común: un taller de cerámica donde el plan no fuera comprar, sino quedarse. La marca imaginaba un lugar para pasar la tarde entre amigas, elegir una pieza en crudo, pintarla con calma y un café en la mano, y hornearla ahí mismo hasta llevársela lista. La experiencia, no el producto, era el corazón del negocio, y el espacio tenía que estar a la altura de esa promesa desde que se cruza la puerta.
El punto de partida jugaba en contra. El local era oscuro y frío, sin nada que anticipara el ambiente cálido y creativo que la marca tenía en mente. Convertirlo en un destino al que la gente quiere volver pedía rehacer por completo la atmósfera, no solo maquillarla.
Y el reto de fondo no era estético sino de programa. En apenas 100 metros cuadrados tenían que convivir, sin estorbarse, capacidad para treinta y cuatro personas trabajando al mismo tiempo, la recepción, la barra de café, la barra de colores y pinturas, la bodega y los hornos. Cada metro tenía que cumplir más de una función sin que el lugar se sintiera apretado ni perdiera la calma que la marca buscaba.


Tomamos la propia cerámica como punto de partida del diseño. Sus formas redondeadas y su paleta viva se tradujeron en curvas y formas orgánicas que ordenan el recorrido y suavizan la arquitectura, y en colores vibrantes que le dan al espacio el carácter alegre que pedía el concepto. El resultado no imita una pieza de barro: recoge su espíritu y lo vuelve espacio.
La distribución fue el verdadero trabajo de relojería. Resolvimos cada zona para que funcione por separado y, al mismo tiempo, forme parte de un solo ambiente continuo: las mesas de trabajo en el centro, la barra de café a la mano, la barra de colores como punto de encuentro, y la bodega y los hornos integrados sin romper la estética. Treinta y cuatro personas pueden pintar a la vez sin sentirse encimadas, y el recorrido entre escoger, pintar, hornear y tomar café sucede sin cuellos de botella.
Los materiales se eligieron por carácter y por aguante. El tapiz y la resina, junto con acabados pensados para un taller que se usa fuerte todos los días, aportan textura y color sin renunciar a la resistencia que un espacio así necesita. Es un interior que se ve tan bien como trabaja, y que aguanta el uso diario sin perder la cara.
El cambio fue completo. De un local oscuro y frío pasamos a un espacio colorido, lleno de vida y totalmente alineado con la marca, donde la experiencia empieza desde que cruzas la puerta. CLAYZIE se volvió ese lugar al que vas a pasar la tarde, y el espacio trabaja a favor de esa promesa todos los días.
Más allá de la imagen, el espacio sostiene la operación diaria sin fricción: grupos grandes pintando al mismo tiempo, la barra de café funcionando en paralelo y el horneado integrado en el mismo recorrido. El diseño no quedó como decorado de fondo, sino como la herramienta que hace posible la experiencia que la marca prometía.
La mejor prueba de que funcionó llegó después: la marca nos buscó de nuevo para diseñar su segunda sucursal en Altavista, más grande, manteniendo las formas, los colores y el lenguaje que ya la identifican. Un mismo concepto, dos espacios, la misma esencia.

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