
Después del éxito de la primera sucursal en Roma Norte, el cliente nos volvió a buscar para diseñar la segunda. Este local era mucho más grande, lo que daba más espacio para desarrollar el concepto, pero también imponía una restricción importante: la estructura del tapanco ya existente. El reto fue adaptarnos a ella sin perder las formas, los colores y el diseño que ya caracterizan al lugar.
CLAYZIE tiene una identidad muy particular: un taller donde vas a pasar la tarde con amigas, escoges una pieza de cerámica, la pintas mientras tomas un café y luego la horneas. El espacio tiene que sostener esa experiencia y al mismo tiempo verse como un lugar donde quieres estar. Traicionar la estética habría traicionado la marca.
El tapanco no era solo una restricción estructural: definía la altura libre en la planta baja y obligaba a repensar dónde iban los hornos y la bodega, que necesitan ventilación y espacio de maniobra que un entrepiso reduce. Trabajar alrededor de una estructura existente, en vez de demolerla, significaba diseñar el recorrido completo —entrada, mesas, barra, hornos— en función de esa limitante, no a pesar de ella.


Retomamos los materiales y el lenguaje formal que ya identificaban a CLAYZIE: tapiz, resina, formas orgánicas y colores vibrantes. No se trataba de copiar Roma Norte sino de trasladar su carácter a un espacio diferente, respetando la estructura del tapanco sin que eso se sintiera como una limitante.
La mayor superficie permitió desarrollar el programa con más amplitud: más mesas de trabajo, mejor barra de café, bodega y hornos integrados sin comprometer la experiencia de quien viene a pintar. El resultado mantiene la misma energía del primer local pero adaptada a una escala más grande y a una colonia con su propio ritmo.
El programa creció con la superficie, pero la sucursal necesitaba absorber más grupos trabajando al mismo tiempo sin perder la sensación de taller íntimo que ya funcionaba en Roma Norte. Resolvimos eso repitiendo la misma lógica que probó su valor ahí —zonas que operan por separado y a la vez comparten un solo ambiente— con más aire entre las mesas gracias a los metros adicionales. El tapanco terminó por definir una de las zonas más fotografiadas del local: la celosía de formas geométricas que hoy recibe a quien entra, pensada específicamente para trabajar con la altura reducida bajo el entrepiso en lugar de ignorarla.
La segunda sucursal de CLAYZIE funciona con la misma identidad de la primera pero en un local más grande, con un programa más amplio y una solución de obra que supo convivir con el tapanco existente. El cliente confió en nosotras por segunda vez, y esa confianza la respondimos con un espacio que le hace honor a la primera.
Para el cliente, abrir una segunda sucursal con la misma identidad visual que la primera no era opcional: la marca ya se reconocía por sus colores y sus formas, y cualquier desviación se habría sentido como un lugar distinto. El reto de Altavista, en ese sentido, no terminó en resolver el tapanco: terminó en demostrar que esa identidad podía crecer de escala sin perder lo que la hizo funcionar en Roma Norte.
Diseñar una segunda sucursal partiendo de un espacio ya reconocible por sus clientas es distinto a empezar de cero: cada decisión se mide contra lo que ya funcionaba en Roma Norte, y el margen para experimentar es más chico de lo que parece desde fuera. Aquí ese margen se usó en la estructura, no en la identidad: el tapanco cambió la forma en que se resolvió el recorrido, pero los colores, los materiales y la lógica del programa se mantuvieron intactos entre las dos sucursales.

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